Valera de Abajo

Ruinas Romanas de Valeria

Tocando el mismo casco urbano, se encuentra la ciudad hispano-romana de Valeria. Se trata de un yacimiento arqueológico enclavado entre las hoces de los ríos Gritos y Zahorra. La acción erosiva de estos ríos ha dado lugar a un paisaje espectacular en el que se encuentran los restos de la ciudad romana, aunque también de la medieval.

La ciudad hispanorromana de Valeria se encuentra en el extremo meridional de  la Serranía de Cuenca, en las últimas estribaciones del Sistema Ibérico, y debido a que su nombre pervive en el del pueblo actual nunca han existido dudas acerca de la identidad de sus ruinas. Además, nos es conocida por inscripciones que aluden a la Res publica Valeriensis, y por las citas de los autores clásicos. Ptolomeo la señala entre las ciudades del oriente de la Celtiberia y Plinio la incluye dentro de las ciudades de Derecho Latino Viejo pertenecientes al conuentus cartaginense.
Aunque la zona, según atestiguan las fuentes y confirman los hallazgos arqueológicos, fue conquistada para Roma por el pretor Tiberius Sempronius Gracchus  en el 179 a. de C., los orígenes de la Valeria romana son oscuros. Para algunos autores Valeria habría sido refundada a partir de unos cuantos  núcleos indígenas, incluida Althea, cabeza de los olcades, recibiendo el nombre de su Patronus, su fundador  Gaius Valerius Flaccus, procónsul de la citerior hacia el 92 a de C., momento en que se enfrentó a  ciertas poblaciones de la Celtiberia que se habían rebelado contra los abusos del poder romano.
Aunque ya desde mediados del siglo I a C. se observa nítidamente la romanización de la población, que ya poseía un foro, infraestructura fundamental para la administración de la ciudad y su territorio, la época de mayor desarrollo urbano de la urbs se inició tras el cambio de Era.
Y es que, como consecuencia de la concesión del ius latii por Augusto entre los años 27 y 24 a. n. e., se produjo una radical reordenación urbanística de la que fue parte fundamental la monumentalización de la ciudad con la erección de edificios públicos adecuados a su status. Y ello porque la nueva urbe se había convertido en un refl ejo de Roma, y sus ciudadanos tenían ahora la posibilidad de promocionarse fuera del ámbito local hasta alcanzar, en algunos casos, puestos destacados dentro la administración imperial.
Durante el resto del Imperio Valeria sufrió los devenires propios de las ciudades de Hispania: inmovilismo en el siglo II, profundos cambios a partir del III, y con la desaparición del Estado romano una hegemonía territorial mantenida como sede episcopal visigoda. El espacio administrado por la diócesis valeriense, sobre el que se solapará en parte la Tierra de Cuenca tras la Reconquista, administrada desde la cercana capital, fue a grandes rasgos el territorium valeriense, el ámbito espacial que la antigua ciudad de Valeria tutelaba.
Porque Valeria, como cualquier ciudad romana, era el centro administrativo, político y religioso de un amplio territorio.
A diferencia de lo que ocurre en la actualidad, momento en que tenemos un mundo rural prácticamente despoblado, en la antigüedad romana era mayor el número de habitantes residentes en el territorium que los que moraban en la ciudad.
A través de la red viaria que converge radialmente en ella, los ciudadanos de ese amplio espacio, llamado ager, acudían a la urbs para resolver asuntos administrativos, pagar impuestos, intercambiar productos, comerciar, asistir a los espectáculos, rendir culto a los dioses o votar.
 

En Valeria, las excavaciones arqueológicas se han centrado casi exclusivamente en el foro. El foro era el centro administrativo, político y religioso de la ciudad romana,una gran plaza porticada a cuyo alrededor se distribuían los principales edificios públicos de la ciudad.

Uno de ellos era la basílica, situada generalmente en uno de sus lados, aunque en sentido estricto la basílica no era más que un amplio espacio cubierto dentro del cual, en caso de clima desapacible, tenían lugar las actividades que habitualmente se desarrollaban al aire libre en el área foral: la administración de justicia, los negocios, encuentros más o menos informales etc. Por tanto, podríamos considerar la basílica como un espacio cubierto del propio foro, de la plaza pública.

Precisamente el edificio que se encuentra ante nosotros, limitando el foro por el norte, es la basílica, o mejor cabría decir las basílicas, pues son dos edificios superpuestos que corresponden a dos foros distintos de épocas diferentes. Para comprender la más antigua de ellas hemos de olvidarnos de los potentes machones de sillería que hay ante nosotros y vemos que, a ras del suelo y en un vértice de los mismos, se encuentran pequeños sillares cuadrados formando dos hiladas en sentido Este-Oeste; y que frente a nosotros y a nuestra izquierda, del fragmento que queda del último sillar de la hilada más próxima a donde nos encontramos, arranca otra hilada más, pero esta perpendicular a las otras dos.

Del otro extremo de la basílica, del derecho según nuestra posición, arrancaba otra paralela a esta, ya desaparecida, prolongándose ambas en dirección sur. Son las basas sobre las que apoyaban las columnas que formaban la basílica y los pórticos del foro tardo republicano. Así pues, este primitivo foro era un espacio rectangular dispuesto en sentido Norte-Sur y porticado -rodeado de columnas-, siendo el pórtico del lado Norte doble. Este pórtico en U es el que hacía las funciones de basílica. Esta disposición es lógica ya que de este modo quedaba orientada hacia el Sur, abierta por tanto a la luz y al sol en el invierno. La decoración interior de este espacio estaba realizada a base de estucos y placas de caliza, con adornos y molduras. Para acceder a él desde el foro, que se encontraba a un nivel algo más bajo, se utilizaba una escalera. La estructura rectangular de sillería que vemos en el centro, a ras del suelo, son los restos de la caja de la misma y la losa inclinada a su lado con un vértice cortado a bisel, uno de sus peldaños.

Esta construcción republicana fue derruida tras el cambio de era, probablemente en época de Claudio, tras lo cual fueron instalados los grandes machones que vemos ante nosotros y que no son sino la cimentación de la segunda basílica. Tras su colocación, se procedió a rellenar el solar con el escombro procedente del edificio anterior hasta alcanzar la altura de los machones más altos, que sería el nivel del suelo. Después, sobre cada uno de estos machones se dispuso una columna conformándose así un edificio de tres naves. De ellas, la central era el doble de ancha que las laterales, tenía más altura, y estaba dotada con ventanales que iluminaban el interior del edificio. Por tanto, tenemos que imaginar una nave lateral, de cuatro metros de ancho, desde el muro adosado a la roca bajo nosotros hasta la primera hilada de machones; otra, la central, desde esta segunda hilada de machones hasta la siguiente; y la tercera, desde esa misma hilada hasta el muro que se encuentra más alejado de nosotros, no el más cercano a los machones, sino el siguiente. Próximos a cada uno de los extremos de este muro, se encuentran dos machones embutidos en el mismo y que no son sino los arranques de dos vanos que permitían el tránsito entre la basílica y el foro.

El acceso desde el exterior del foro tanto a la primera basílica como a la segunda se encontraba en el ángulo norte, a nuestra derecha, justo al final del camino de acceso al yacimiento.

Finalmente, el edificio se cubría con un tejado a dos aguas y su interior iba revestido con mármoles y placas de caliza.

La basílica fue desmontada en el Bajo Imperio, y sobre el solar resultante se construyeron casas de adobe y de tapial.

 

Al este de la basílica, y a su izquierda según nuestro punto de vista, vemos un espacio rectangular totalmente arrasado.

Posiblemente sea el que ocupó la Curia, un edificio en el que se reunía el ordo decurionum, el senado municipal, que ostentaba el máximo poder de la ciudad. Se trataba de un edificio de carácter sagrado formado por un pequeño vestíbulo y un aula, siendo el segundo un espacio diáfano rodeado generalmente de bancos de madera en los que se sentaban los decuriones para discutir los asuntos de la ciudad. Vitruvio consideraba que el edificio debía estar en consonancia con la importancia del lugar, y aconsejaba que sus muros estuvieran recorridos con cornisas de madera o de yeso que favorecieran la acústica en el interior e impidieran que las discusiones de los decuriones se oyeran en el exterior. El edificio albergaba además inscripciones y esculturas, la mayor parte de ellas situadas en el vestíbulo, pero también se podían disponer en edículos alrededor del aula.

La curia se abría a la basílica, y juntas formaban el centro político y administrativo de la ciudad y su territorio

Estamos ante el foro de época altoimperial que, como decíamos al hablar de la basílica, era el centro político, administrativo y religioso de la ciudad, y su núcleo urbanístico. Consistía en una gran plaza porticada en torno a la cual se distribuían los principales edificios públicos. El foro bullía de vida, en él tenían lugar las votaciones, las procesiones, se compraba y se vendía, había espectáculos, maestros enseñando a sus alumnos bajo los pórticos, etc.

Pero como la orografía de Valeria es muy irregular, para obtener un espacio suficientemente llano, horizontal, apropiado para hacer la función de plaza, fue necesario crear una gran terraza artificial en la vaguada formada entre el cerro de la Horca, a nuestra izquierda, y el de Santa Catalina, a nuestra derecha.

Para ello se levantaron cuatro muros de contención, el que se encuentra bajo nuestros pies y que discurre en sentido norte-sur; el que vemos frente a nosotros al otro lado de los depósitos de agua, el muro que vemos a nuestra izquierda separando la plaza de la basílica; y, finalmente, el que se encuentra a nuestra derecha, paralelo a la basílica y que apenas podemos ver desde aquí.

Ocupando parte del espacio delimitado por estos cuatro muros de contención se construyeron las cisternas que vemos a nuestros pies para, posteriormente, rellenar el resto del espacio con tierra y escombros, ocultando también los vestigios de época tardorrepublicana que vemos entre las cisternas y la basílica. Los depósitos, que como podemos apreciar estaban cubiertos por bóvedas de cañón, también quedaban ocultos dentro de esta gran terraza formada por el relleno artificial, y que cubierta con losas de caliza formaba la plaza foral.

Un valeriense del siglo I, desde el lugar en que nos encontramos no vería las cisternas, sino toda la plaza enlosada y limitada a la izquierda por la basílica, elevada tras una pequeña escalinata, y la curia. A nuestra derecha, sobre el muro de contención del sur, un pórtico columnado y el acceso monumental al foro; sobre el muro en el que nos encontramos, el pórtico que limitaba el foro por el oeste y la parte delantera de un templo sobresaliendo hacia las cisternas. Finalmente, frente a nosotros, en el lado Este del foro, podría haber otro pórtico que lo cerrara, o bien estar abierto hacia el paisaje. El conjunto foral se completaba además con esculturas, inscripciones, etc.

Las cisternas, que como decimos estaban ocultas bajo el foro, bajo la plaza, son un ejemplo modélico de la ingeniería hidráulica romana. Sus muros están fabricados a base de opus caementicium, un hormigón compuesto de arena, cal, y piedra, que se depositó en un encofrado. Una vez fraguado, se dio a las paredes una ligera lechada de cal que, una vez seca, fue picada. Sobre ella, se dio otra lechada más en la que se incrustaron grandes fragmentos cerámicos para, posteriormente, dar sucesivas capas de opus signinum, un mortero de cal con cerámica molida que impermeabilizaba los muros totalmente. El suelo, que está realizado del mismo modo, tiene una moldura de cuarto de caña en la juntura con la pared con el fin de facilitar la limpieza y de evitar las filtraciones.

Los vanos de ochenta centímetros de ancho que vemos en la parte central de los muros estaban al servicio de los operarios que se ocupaban del mantenimiento de la infraestructura, a la vez que para sanear el agua. Unos agujeros que se encuentran a ras de suelo, en los extremos de los muros más alejados a nosotros, comunicaban los depósitos entre sí, facilitando la salida del agua y su limpieza.

El agua se distribuía por medio de tuberías de plomo, fistulae plumbae, a través de la galería que vemos cerrada con una reja en el depósito Norte. Del mismo material están realizadas las conducciones que surten estos depósitos, a donde llegan tras atravesar la basílica. Como todavía se puede apreciar, estaban cubiertos por bóvedas de medio cañón realizadas con toba, un fósil vegetal que ahorra peso a la estructura, pero que en ambientes húmedos mantiene una resistencia aceptable.

Con unas medidas por depósito de 22 metros de largo, por 3 de ancho y 4 de alto, la capacidad total de la infraestructura está en torno a los 1500 metros cúbicos.

La aparición de la impronta dejada por una moneda de Claudio que fue colocada en el suelo de hormigón cuando este aún no había fraguado, fecha la construcción de los depósitos en la primera mitad del siglo I.

Dejando los aljibes a nuestra espalda, encontramos frente a nosotros una serie de tabernae, (tiendas, talleres, almacenes, etc.) limitando el lado Oeste del foro, al que rodean también por el Sur y por el Este. El espacio entre el muro de contención sobre el que estamos, y las tabernae, corresponde a un criptopórtico, una galería cubierta que rodeaba al foro a un nivel más bajo que este, y que podía hacer las funciones de calle, almacén etc. Por tanto, el foro no terminaba en el muro de contención, sino que se prolongaba sobre el criptopórtico permitiendo de este modo regularizar los desniveles del terreno a base de terrazas, ya que la calle al otro lado de las tabernae enrasaba con el suelo de las mismas y con el del criptopórtico.

Por tanto, no se podía acceder a las tabernae desde el mismo foro, ya que se encontraba sobre ellas, sino desde las calles que lo rodeaban, y que se encontraban a un nivel inferior.

En el siglo II muchos de los accesos a las tabernae fueron clausurados, y en el III, como consecuencia de un incendio, todo cuanto se encontraba al nivel del foro, el pórtico y el templo, se derrumbó sobre ellas y sobre el criptopórtico. Las primeras se vaciaron de escombros, pero no así el criptopórtico ni la calle situada al otro lado de las tabernae, de modo que hubo que hacer las escaleras que vemos en el recinto, para bajar desde el nivel de derrumbe a ambos lados de las tabernae hasta el interior de las mismas, que en este momento pasan a ser utilizadas como viviendas. En cuanto al criptopórtico, pasó de ser un paso cubierto bajo una zona monumental, a ser una calle en la superfi cie que discurría sobre el escombro.

Es decir, se pasó de circular dentro de él, a caminar sobre él. De este modo, todo cuanto cayó dentro del criptopórtico quedó sellado. Por eso, en el curso de las excavaciones aparecieron abundantes fragmentos de escultura monumental en bronce y mármol, inscripciones dedicadas al emperador o a la familia imperial (casi todas de época julio-claudia), otras a los fl amines -los sacerdotes del culto imperial-, etc. Estos y otros datos, nos dicen que el muro en forma de semicírculo que corta las tabernae, es el arranque de un templo dedicado al culto imperial. Los emperadores, considerados dioses, recibieron su aquí su culto desde época de Tiberio, momento en que se data la construcción de este templo absidado que se encontraba al nivel del foro, del que constituía su eje de simetría, dividiéndolo, al igual que al conjunto de la ciudad, en dos mitades prácticamente idénticas.

Si nos colocamos mirando hacia el norte, frente a la basílica, y con la muralla medieval a nuestras espaldas, vemos ante nosotros el muro de contención que limita el foro por el sur, y que se quiebra a mitad de su recorrido en una exedra rectangular de 4’60 metros de ancho por 9’60 de largo. Pegado al muro de contención, paralelo al mismo y saliendo a ambos lados de la exedra, observamos dos pasillos de 3’40 metros de ancho por 11 de largo que no son sino la continuación del criptopórtico que acabamos de ver en el lado Oeste. Perpendiculares a este, y prácticamente a nuestros pies, se encuentran una serie de estancias rectangulares de 3’30 metros de ancho por 4’70 de largo, son las tabernae que rodean el foro por el sur. De este modo, y al igual que hemos visto en el lado Oeste, tampoco aquí finalizaba el foro sobre el muro de contención, sino que se prolongaba sobre las tabernae, en cuyo suelo vemos restosde muros pertenecientes a estructuras de época republicana.

Estando bajo el foro, las tabernae no se abrían a él, sino ala calle que hay bajo nosotros. Porque el espacio que se encuentra entre las barandillas metálicas que hay delante y detrás nuestro, corresponde al Decumanus Maximus, la calle principal de las que recorrían la ciudad en sentido Este-Oeste, y que se dirigía desde la Hoz del Gritos hasta la del Zahorra, aunque sin llegar al mismo borde del precipicio, que estaba ocupado por una hilada de casas asomadas a las hoz.

En esta zona el decumano contaba con la nada despreciable anchura de diez metros, y aunque en época republicana su suelo lo conformaba la roca, posteriormente fue empedrado y sus aceras enlosadas.

Ahora la calle está sin excavar, pero en su momento se encontraba a la misma altura que el suelo de las tabernae, de modo que podríamos acceder a ellas sin ningún problema, pero no entrar en el foro por encontrarse a un nivel más alto que la calle y sobre estas. La solución al acceso estaba en la exedra rectangular situada frente a nosotros, que no es sino la caja de una escalera monumental que permitía subir a la plaza desde el nivel de la calle.

Un conjunto monumental como el foro por fuerza había de estar inmerso en una zona no menos destacada urbanísticamente.

Por eso, la fachada sur del foro que acabamos de ver situada a lo largo del decumano, tenía su correspondencia con un pórtico enfrentado a ella en el lado opuesto de la misma calle.

Este pórtico fue edifi cado en el siglo I, sobre construcciones y calles del siglo anterior trazadas retallando el suelo rocoso.

El pórtico apenas es perceptible en la actualidad, ya que tras la destrucción de la zona se edificaron casas, a las que corresponden la mayoría de los restos que vemos.

Desde este lugar podemos apreciar perfectamente las soluciones urbanísticas que hacen de Valeria una ciudad peculiar, una edifi cación que aprovecha el espacio al máximo,construyendo en vertical, un tipo de ciudad que prefi gura la que más tarde será Cuenca.

Desde donde nos encontramos podemos comprender mucho mejor el foro altoimperial que hemos visto. Cómo en la vaguada formada entre los cerros se obtuvo un espacio llano realizando un aterrazamiento artificial, que no sólo ocupó el foro anterior, del siglo I a.n.e, sino también las calles adyacentes y otras edificaciones. Para preparar este aterrazamiento se realizaron los cuatro muros de contención que hemos citado, entre ellos se construyeron las cisternas que alimentaban la parte Este de la ciudad, y se rellenó todo el espacio de tierra y escombro, tras haber desmontado las construcciones tardorrepublicanas que vemos al norte de los depósitos, conformando así la plataforma que es el foro, la plaza pública. Vemos también como el foro está limitado al norte por la basílica y la curia, y en los tres lados restantes por tabernae.

De este modo, las tabernae no sólo no le restan espacio al foro, sino que lo aumentan al permitirle prolongarse en parte sobre ellas. Pero es que, además, enmascaran el terreno arriscado, presentando unos aterrazamientos regulares que ocultan en su interior las dificultades del suelo. A todo ello hemos de añadir una función más, perfectamente apreciable en las tabernae excavadas al Este del foro, y es que hacen de contrafuertes de todo el complejo foral sujetando los muros, el relleno de la plataforma, el agua, los pórticos etc.

También observamos que siendo el foro una terraza queda más elevado que las calles que lo rodean, por lo que la única forma de acceder al mismo ha de ser indiscutiblemente, bien a través de la basílica o, más habitualmente, acercándonos al decumano desde cualquier calle de la ciudad para tomar la escalera que acabamos de ver.

 

Para obtener un espacio habitable en un paraje tan arriscado, el genio romano hubo de adaptar la ciudad a la difícil orografía, consiguiendo una urbe que, pretendiendo ser una réplica de Roma, resultó urbanísticamente original.

Los valerienses aprovecharon el espacio al máximo creando construcciones en altura sobre terrazas estrechas y alargadas, adaptadas a las pendientes. Frente a nosotros, en la ladera del Cerro de la Horca, vemos bancales de cultivo que no son sino la fosilización del trazado de la ciudad, ya que coinciden con mayor o menor fi delidad con los aterrazamientos romanos.

Sobre estas terrazas se encontraban las casas, de las que su planta baja serían sótanos y bodegas, y discurrían las calles que las recorrían en sentido Este-Oeste. En las zonas de fuerte pendiente estas calles eran las únicas transitables con carros, aunque no sin dificultad. Si paseamos por las rocas, todavía son apreciables las rodadas dejadas por el paso continuado de las ruedas. Más difícil era el tránsito por los cardines, las calles que discurrían en sentido Norte-Sur, el de la pendiente. No eran calles al uso, sino cliui, o también escaleras de las que todavía quedan algunos tramos tallados en las rocas. Así pues, debió ser una escenografía impresionante la de estas casas verticales trepando por las laderas, enmarcadas por calles y escaleras que pudieron estar monumentalizadas en algunos puntos de su recorrido.

Estamos ante el ninfeo, la imagen más reproducida de Valeria.

Delante nuestro vemos un gran muro ocupado por nichos rectangulares y semicirculares, es el que contiene el foro por el este. Aquí el desnivel del terreno es mucho mayor que en las zonas forenses vistas hasta ahora, por lo que para salvarlo se realizaron dos terrazas y, además, se monumentalizó el muro de contención, quizás porque desde aquí es visible desde el exterior. Bajo este muro se encuentran trece espacios rectangulares, son las tabernae que limitan el foro por este lado, y delante de ellas el enlosado de la acera del cardo maximus, la calle que recorre la zona en sentido Norte-Sur. Desde aquí podemos apreciar perfectamente la función de contrafuertes de las tabernae. Además, fueron colocadas aprovechando las irregularidades del suelo, ya que, como podemos ver, en los extremos Norte y Sur de las tabernae afl ora la roca. Por tanto, colocando aquí las tiendas, y una vez cubiertas a la altura de estos afloramientos rocosos, que coincide con la terminación del muro bajo los nichos, se creaba una plataforma que era techo de las tabernae a la vez que una gran plaza sobre la que caminar y que ocultaba las irregularidades del suelo.

Hacia la mitad de los muros de todas las tabernae, vemos unos potentes machones que tienen su continuación sobre la plataforma rocosa situada al norte. Sobre ellos, se elevaban arcos o columnas formando un pórtico que cubría esta plaza hasta la mitad en toda su longitud. De este modo el foro no quedaba en el muro de contención, sino que se prolongaba sobre este pórtico que cubría media plaza. Pero como a diferencia de los anteriores este muro era visible desde el exterior, se monumentalizó al máximo realizando un ninfeo. Un ninfeo era una fuente ornamental dedicada originalmente a las ninfas, las diosas de las aguas, bosques etc., de las que recibe su nombre. Este que tenemos aquí mide 105 metros de largo, lo que lo convierte en el mayor de Hispania y uno de los mayores del Imperio. Además es muy temprano, ya que fue realizado en la primera mitad del siglo I, con un concepto totalmente helenístico, muy escenográfico.

El muro iría cubierto con placas de cerámica pintada y vidriada.

En los nichos probablemente se dispondrían esculturas, y por ellos, o por los agujeros que vemos a ambos lados, manaría el agua incesantemente. Por la galería que recorre el interior del muro circulaba el agua en tuberías y caminaban los operarios encargados del funcionamiento de la fuente.

La visión de esta fachada de la ciudad debió de ser espectacular, con la ladera construida hasta el río, y sobre toda ella el cardo con el tránsito de los valerienses delante de las tabernae; sobre estas, la plaza porticada sobre la que se vería transitar a los habitantes de la ciudad en un ambiente umbrío, y al fondo de los arcos que formaban el pórtico: las esculturas y el agua manando incesantemente. Finalmente, sobre todo ello, la plataforma del foro con el templo de culto imperial dominando sobre la ciudad.

En el siglo IV el ninfeo fue abandonado, y las tabernaee utilizadas como viviendas.

En el siglo III el foro se arruinó, y este y su entorno fueron ocupados por viviendas. La que tenemos ante nosotros seconstruyó aprovechando una casa anterior mucho mayor, una importante domus cuyo espacio fue reutilizado porvarias viviendas. La llamamos de Valentín por la aparición en ella de un ara con este nombre, que debió de ser el del propietario de la casa, que se vio obligado a abandonarla precipitadamente cuando a comienzos del siglo IV sufrió un pavoroso incendio.

Para habilitar la zona y favorecer la construcción en ella se recortó la ladera rocosa y, probablemente, se aterrazó el cardo, la calle Norte-Sur que pasa delante de la casa.

En la vivienda, que tiene una superfi cie de 15’60 metros de largo, por 6’50 de ancho, podemos adivinar tres ambientes distintos. De ellos, el más próximo al ninfeo tiene una alacena de tapial en la que se halló una sartén de bronce, vajilla de barro, y los pequeños ahorros del ama de la casa.

En la estancia al norte de la casa se encuentra un pequeño impluvium, una cisterna conservada de la primitiva casa y que recogía el agua de lluvia. Los muros interiores son de piedra trabada con barro y recubiertos con estucos, y el que da a la calle, de tapial. La roca que hace las veces de pared estuvo enlucida y pintada, y en sus huecos se insertaron cuernos de venado que se utilizaron para colgar comida, enseres, ropa etc. El suelo era de ladrillos romboidales, y bajo él se encastraron vasijas en las que conservar los alimentos como almejas, restos de ovinos, caracoles etc. También se halló un recipiente de esparto conteniendo trigo. La casa tenía un segundo piso con muros hechos de adobe, estucados y pintados en colores vivos, al igual que el techo; y el suelo cubierto de ladrillos rectangulares dispuestos en opus spicatum, en espiga. Apoyadas en el grueso muro de carga que se encuentra al lado del aljibe se encontraron dos ruedas de carro, pero esta era ya la casa contigua a la de Valentín.

Si el foro se construyó sobre una gran terraza que ocultaba las irregularidades del terreno, en las laderas que no presentan un gran desnivel fueron las propias viviendas las que salvaron las dificultades de la roca. Para ello, se erigieron estructuras que, una vez cubiertas, proporcionaban un espacio nivelado sobre el que edificar las plantas superiores. De este modo, y evitando los costosos recortes de la roca o la construcción de terrazas, se consiguieron espacios regulares, libres de humedades y que proporcionaban un notable aprovechamiento del espacio. Es el caso de la construcción que tenemos frente a nosotros, conocida como ‘Casa del Hoyo’.

En ella vemos en primer término unas estancias muy estrechas, con gruesos muros en los que no se abre ningún acceso. La altura de estos muros subía hasta que su parte superior enrasaba en un mismo nivel en todo el conjunto, de tal forma que sobre ellos se edificaba la zona habitable de la casa. Pero estas substrucciones no quedaban sin uso, sino que hacían la función de bodegas a las que se accedía desde los pisos superiores por medio de trampillas. La zona noble de la casa disponía de mosaicos y sus paredes se decoraban con pinturas y molduras de yeso.

Una de las particularidades del urbanismo valeriense reside en su arquitectura rupestre. La adecuación del suelo rocoso para la edificación tiene su origen en la Edad del Hierro, pero aquí es llevado al extremo al ponerlo al servicio del complejourbanismo romano.

Un ejemplo de este tipo de edilicia lo constituyen las ‘Casas Colgadas’, de las que aquí tenemos un ejemplo, y que son un claro precedente de las más conocidas de la capital conquense.

Aunque todavía no está totalmente excavada, podemos ver como la roca fue recortada para obtener un lugar apto en el que edificar e incluso como, a base de retallarla, la roca pasó a formar parte de la misma edificación. La casa, que fue edificada en el siglo I sobre los restos de una construcción anterior, se articula en torno a un patio central porticado. La parte más hundida del suelo corresponde a este patio, y los sillares embutidos en el escalón que vemos en su lado Oeste, son la base en la que apoyaban sus columnas. La hondonada natural que vemos abierta en la roca al borde del precipicio, quedaba oculta bajo el suelo de este patio y hacía las veces de impluvium, una cisterna en la que se recogía el agua de lluvia.

Las habitaciones se distribuían en torno al patio y en los mechinales que vemos tallados al borde del vacío se colocaban vigas que permitían volar la casa, obteniendo así un mayor aprovechamiento del espacio a la vez que unas fachadas regulares.


Si el agua ha sido fundamental en las ciudades de todas las épocas y lugares, en las romanas lo fue todavía más. Para que nos hagamos una idea de su importancia, baste decir que el consumo de agua por habitante y día en una ciudad romana era superior al de una urbe actual. Para tener agua sana y abundante los romanos desarrollaron una ingeniería que no hemos sido capaces de superar hasta épocas recientes, gracias a las nuevas técnicas y materiales. A Valeria llegaba el agua desde varios puntos situados a unos tres kilómetros al Norte de la ciudad, a la que abastecía tras pasar por el castellum aquae, el lugar desde el que se distribuía.

Las cisternas situadas bajo el foro daban agua a la ladera Este de la ciudad, pero las partes altas de los cerros quedan sobre el nivel de cota del castellum, por lo que no era posible surtirlos desde los acueductos.

Para solventar el problema se sirvieron de numerosas cisternas como la situada ante nosotros, que se encontraban repartidas por las calles y muy próximas entre sí. Como podemos vertécnica en que se realizaron es similar a la de las cisternas del foro, y también iban cubiertas con una bóveda de cañón.

A nuestra izquierda y al otro lado de la hoz divisamos una cueva. Se trata de una oquedad natural que fue agrandada a base de extraer las calizas arenosas que contiene. Debido a sus cualidades: un grano muy fi no, propiedades plásticas, porosidad excelente, la arena fue explotada por los romanos para su utilización en la construcción. Y no sólo se usó como árido para el mortero, sino también para la preparación de los suelos, ya que forma una superficie muy estable y evita que la humedad penetre en la edificación.

Aunque el origen de la explotación de estas minas es romano, ha tenido continuidad hasta épocas recientes, aunque para uso doméstico.

 

Estamos en la confluencia de las hoces de los ríos Gritos, a nuestra izquierda, y Zahorra, a la derecha. Por el fondo de la hoz discurre la vía que en época romana pasaba por Valeria en dirección Norte-Sur, y que cruzaba el río por el puente romano se encuentra frente a nosotros, en el camino, y que por haber perdido el pretil nos es difícil ver desde aquí.

Las ruinas que vemos al otro lado del puente corresponden a un molino del siglo XVI, mandado edificar por Fernando de Alarcón para sostén de las capellanías que fundó en la iglesia de la Sey. La hoz del Zahorra, la situada a nuestra derecha, proporcionó la piedra para la edificación de la ciudad. En un paseo por ella se pueden ver las canteras, identificables por los frentes de talla, las ranuras de la extracción de los bloques o las piezas abandonadas por haber resultado defectuosas.

Tras la conquista de la zona por Alfonso VIII en 1177, se procedió a amurallar el lugar más defendible del entorno, el cerro situado entre las hoces de los ríos Gritos y Zahorra. Aquí debió establecerse un núcleo repoblador con importantes funciones militares. Y es que este era un punto estratégico. Por el fondo de la hoz discurría un camino, que atravesando las tierras de Guadalajara y Cuenca se dirigía hacia la Mancha y el Sureste Peninsular. De hecho, en este lugar y en la cercana Alarcón, se pagó el portazgo tras la conquista.

El lugar fue dotado con esta iglesia de una sola nave, rematada en un ábside semicircular, con cubierta de madera a dos aguas y una espadaña a los pies con huecos para las campanas.

Los escalones situados en el muro Sur, nos descubren donde estuvo el acceso al templo. Ya en el interior, un arco de triunfo, del que es visible el arranque, separaba el presbiterio de la zona destinada a los fi eles. Los muros están recorridos en toda su longitud por un banco corrido.

En torno a la iglesia se localiza la necrópolis, el lugar en que se enterraron los habitantes del cerro desde la Edad Media, y los de Valeria que eran devotos del templo. Este se encontraba bajo la advocación de Santa Catalina, que da nombre a este paraje, aunque en sus primeros años lo fue de San Marcos. En el siglo XV pasó a depender de la Abadía de la Sey, en el actual pueblo de Valeria, y en el XVI fi gura entre sus ermitas.

Tras su abandono como consecuencia de la Desamortización, fue usada como cementerio provisional durante el año 1835, y después desmantelada con el fin de aprovechar su madera.

El núcleo medieval de Santa Catalina se cerraba en sus lados norte y oeste por una muralla. Fue elevada en fechas cercanas a la conquista de Cuenca, pues a fi nales del siglo XII estaba ya bajo el mando de Nuño Sánchez, que participó en su conquista. No obstante, para algunos autores el origen de la muralla estaría en un Hisn, una fortaleza musulmana.

Enclavada en un lugar estratégico y fácilmente defendible, se realizó reutilizando los restos de época romana. Sus muros tenían metro y medio de espesor, y disponía de torres semicirculares. En el extremo oriental del tramo de muralla más completo se situaba un portillo; y el lugar donde nos encontramos era el acceso principal, acodado y reforzado por una torre cuadrada revestida de sillares. Esta última de una cronología anterior a la del resto de la fortaleza.

 

Tocando el mismo casco urbano, se encuentra la ciudad hispano-romana de Valeria. Se trata de un yacimiento arqueológico enclavado entre las hoces de los ríos Gritos y Zahorra. La acción erosiva de estos ríos ha dado lugar a un paisaje espectacular en el que se encuentran los restos de la ciudad romana, aunque también de la medieval.

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